La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 5. Por consiguiente, el Dios de los hebreos, de quien este eminente filósofo da un testimonio tan eximio, promulgó una ley a su pueblo hebreo, escrita en lengua hebrea, una ley que no permanece en la clandestinidad y en la ignorancia, sino que está divulgada ya por todos los países. En esta ley se encuentra escrito: El que ofrezca sacrificios a los dioses, fuera del Señor, será exterminado. ¿Qué necesidad hay de andar a la caza de muchos testimonios sobre este punto en la ley de Dios y sus profetas? En realidad no sería necesario buscarlos siquiera, puesto que no son ni pocos ni enigmáticos. Con suma facilidad los encontraría abundantes y explícitos para avalar esta mi exposición hasta que apareciera más clara que la luz del día la voluntad de Dios de no sacrificar a nadie en absoluto, más que a Él, como al verdadero y supremo Dios. Veamos solamente este texto. Es breve, sí, pero pronunciado con una solemnidad amenazante y verdadera por ese mismo Dios a quien ensalzan sus más eminentes sabios entre tantas excelencias. Escúchenlo, témanlo, cúmplanlo, no sea que por hacerse sordos a Él les sobrevenga el exterminio. Helo aquí: El que ofrezca sacrificios a los dioses, fuera del Señor, será exterminado. Y no porque Él necesite algo. Es que a nosotros nos conviene ser de su pertenencia. A este respecto se canta en las sagradas letras de los hebreos: Yo digo al Señor: Tú eres mi Dios y no tienes necesidad de mis bienes³³. El más espléndido, el mejor sacrificio en su honor lo constituimos nosotros mismos, es decir, su ciudad. El misterio de esta realidad lo celebramos en nuestras obligaciones, bien conocidas por los fieles, como ya hemos expuesto en los libros precedentes. Así resonaron los oráculos divinos a través de los profetas hebreos: que habían de cesar las víctimas ofrecidas por los judíos como imagen del futuro, y que los gentiles de Oriente a Occidente ofrecerían un único sacrificio, como vemos que ya se realiza ahora. De tales oráculos proféticos hemos ido citando unos cuantos, suficientes, a nuestro parecer, y los hemos ido sembrando aquí y allá a través de nuestra obra.