La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios En las presentes circunstancias aprendemos a sobrellevar con serenidad de espíritu los males, sufridos también por los buenos, y a no sobrevalorar los bienes, que poseen incluso los malos. Así, hasta en aquellas coyunturas en que no aparece clara la divina justicia, encontramos una saludable lección. No sabemos en virtud de qué dictamen divino ese hombre justo sea pobre, y aquel otro malvado sea rico; por qué éste disfruta de alegría cuando su depravada conducta le hace acreedor -nos parece- de tormentos y calamidades, mientras que este otro, cuya vida ejemplar nos convence de que debería rebosar de gozo, vive entristecido; por qué un inocente sale del tribunal no solamente sin ser vengado, sino incluso condenado, víctima de la injusticia del juez, o abrumado de falsos testimonios; y, en cambio, el criminal, su adversario, no sólo queda impune, sino que, incluso tras ser vengado, se levanta insolente en su triunfo; por qué el impío goza de excelente salud, mientras que el hombre religioso se ve consumir en la enfermedad; por qué hay mozos entregados al pillaje rebosando salud, y niños que ni de palabra siquiera han podido ofender a nadie, atormentados por las más diversas y atroces dolencias; por qué a este hombre, de tanto provecho para la Humanidad, lo arrebata una muerte apresurada y otro que no debería ni haber nacido -así lo pensamos- la vida se le prolonga generosamente; por qué a tal hombre lleno de crímenes se le encumbra, colmándole de honores, mientras que el otro, de intachable proceder, queda escondido en las tinieblas de la vulgaridad. Y así otros casos parecidos; ¿quién sería capaz de enumerarlos, de revisarlos todos?