La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero como en realidad no sólo en el malvado hay bienes y en el bueno males -lo que se ofrece a primera vista como injusto-, sino que también con frecuencia a los malos les suceden desgracias y a los buenos venturas, más «insondables se tornan los juicios de Dios y más irrastreables sus caminos». Por eso quizá ignoremos con qué designio realiza Dios tales obras o permite tales acontecimientos, Él, en quien se halla la virtud consumada, y la más encumbrada sabidurÃa y la perfecta justicia; Él, en quien no hay rastro de debilidad alguna, ni de precipitación, ni de injusticia; con todo, aprendemos una saludable lección: el no darle excesiva importancia ni a los bienes ni a los males, puesto que los vemos tanto en los buenos como en los malos, y sÃ, en cambio, el buscar los verdaderos valores, propios de los buenos, y evitar con todas nuestras fuerzas aquellos males exclusivos de los malvados. Pero cuando nos encontremos ante aquel juicio de Dios6 (cuyo tiempo propiamente se llama «dÃa del juicio», y a veces «dÃa del Señor»), entonces quedará patente que son perfectamente justos no sólo los juicios dictaminados entonces, sino también todos aquellos que han tenido lugar desde el principio y los que han de tener lugar hasta ese momento. Allà quedará de manifiesto incluso con qué justo designio de Dios sucede que tantos, casi todos los justos juicios de Dios quedan ocultos a los sentidos y a la inteligencia de los mortales, siendo asà que en este campo no se oculta a la fe de los creyentes que es justo el hecho mismo de quedar oculto.