La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Sin embargo, lo que ante todo importa al hombre durante los días engañosos que le toca vivir es si opone resistencia o si acata la verdad; si está ajeno o si cumple la verdadera religión. Y no precisamente con miras a conseguir los bienes o librarse de los males de esta vida, tan fútiles y huidizos, sino con la intención puesta en el juicio que ha de venir, puerta que dará acceso a los bienes para los buenos y a los males para los malos con una duración sin término. Este hombre, en fin, lleno de sabiduría, concluye su libro con estas palabras: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es ser hombre perfecto; porque Dios juzgará todas las acciones, incluso las del más insignificante, buenas y malas10. ¿Qué cosa más breve, verídica y saludable se puede decir? Teme a Dios -dice- y guarda sus mandamientos, porque esto es ser hombre perfecto. Efectivamente, todo el que existe no es otra cosa que esto: un cumplidor de los mandatos de Dios. Porque el que no es esto no es nada; no se acomoda a la imagen de la verdad, permaneciendo en su parecido a la nada. Porque Dios juzgará todas las acciones, es decir, lo que el hombre realiza en esta vida, tanto las buenas como las malas, incluso las del más insignificante, a saber: las de todo aquel que nos parece aquí despreciable, y, por lo tanto, ni aparece siquiera, pero Dios sí lo ve, y no lo desprecia ni lo deja a un lado en el juicio.
CAPÍTULO IV