La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Repugna a la razón -dicen ellos- que la carne arda sin consumirse, sufra el dolor sin morir. ¡Oh poderosos razonadores, que de todas las maravillas, constatadas como tales en el mundo, nos pueden dar cumplida explicación! ¡Que la den a esta muestra reducida que acabo de ofrecer! Estoy seguro de que si ignorasen su existencia y les anunciásemos que iban a suceder, lo creerÃan todavÃa peor que lo que ahora se niegan a admitir cuando les decimos que un dÃa ocurrirá. ¿Quién de ellos nos iba a creer si en lugar de decirles que los cuerpos humanos seguirán vivos sin dejar de quemarse, y que padecerán dolores sin morir jamás, les anunciásemos que en un siglo futuro habrÃa una sal que en el fuego se diluye como en agua, y que en el agua crepita como en el fuego; que brotará una fuente cuyas aguas son tan ardientes en pleno frÃo de la noche que no se las puede tocar, y, en cambio, durante la canÃcula del dÃa están tan gélidas que no hay quien las beba; o que habrá una piedra que quema la mano de quien la aprieta, u otra que, una vez encendida de la forma que sea, no hay manera posible de apagarla, y los demás hechos extraños que de momento he querido citar dejando a un lado otros innumerables? Si les dijéramos que todo esto sucederá en el siglo futuro, quizá ellos nos contestasen: «Si queréis que lo creamos, dadnos explicación detenida de cada fenómeno»; nosotros les replicarÃamos que no éramos capaces, dado que estos hechos admirables y otras parecidas obras de Dios sobrepasan la reducida capacidad mental de los humanos.