La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Es verdad que se llegan a realizar muchos y grandes portentos -llamados μεχανήματα- utilizando los hombres hábilmente las fuerzas de la creación de Dios, hasta el punto de que quien lo ignora piensa ser algo divino. Ha ocurrido, por ejemplo, que en un templo habían colocado piedras de imán en el suelo y en la bóveda, calculando sus proporciones. En medio, suspendida en el aire, estaba una estatua de hierro. Quienes ignorasen lo que había encima y debajo creían que estaba suspensa por obra de la deidad representada 18. Algo parecido ya hemos dicho podía ocurrir con la candela aquella de Venus, que un artesano, tal vez, podía haber compuesto con la piedra de asbesto. Es cierto que los demonios han llegado a exaltar las obras de los magos, denominados por nuestra Escritura hechiceros y encantadores, hasta el punto de que a un prestigioso poeta le parecía interpretar fielmente el sentir de los hombres refiriéndose a una mujer que gozaba de tales artimañas con estas palabras: «Promete ella con sus encantamientos dejar libres cuantos espíritus quiera, e infundirles a otros amargos pesares; detener el curso de los ríos y volver atrás la carrera de los astros; hacer venir a los manes nocturnos; verías mugir la tierra bajo sus pies y bajar los olmos de los montes... Pues bien, ¡cuánto más poderoso no será Dios para realizar lo que los infieles tienen como increíble, pero que es sumamente fácil para su poder cuando de hecho ha sido Él quien ha formado las piedras y demás seres con sus virtualidades; Él quien modeló al hombre con su ingenio, ese ingenio que hace uso de estas fuerzas de modos realmente admirables; Él quien creó la naturaleza angélica, superior en poder a cualesquiera seres animados; Él quien sobrepasa por su extraordinario poder a todas las maravillas, y Él quien, por su sabiduría, obra, ordena y permite, siendo tan admirable cuando asigna a las cosas una utilidad como cuando las crea!