La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Los demonios son atraídos a morar entre las criaturas, hechas no por ellos, sino por Dios, con señuelos peculiares, no como los animales, que se les atrae con cebo, sino apropiados a un espíritu como son ellos, y que logra suscitar el halago de cada uno a base de variadas clases de piedras, plantas, árboles, animales, encantamientos y ceremonias. Pero para ser atraídos por los hombres, primero ellos, con una astutísima habilidad, los seducen, sea inoculando en sus corazones un secreto veneno, sea simulando engañosas amistades, y se hacen un reducido número de discípulos, maestros, a su vez, de gran parte. Nunca se podría aprender -si no fuera previamente que ellos mismos lo enseñan- cuáles son los gustos de cada uno, cuál es lo que aborrece, qué palabra le invita y cuál le obliga. Éste ha sido el origen de las artes mágicas y de los hechiceros. Su principal presa es el corazón del hombre, de cuya posesión hacen su principal gloria cuando se transforman en ángeles de luz6.
Innumerables son las obras de los demonios. Y cuanto más maravillosas reconocemos que son, con tanta mayor precaución debemos esquivarlas. Con todo, nos van a ser útiles en el punto que estamos tratando. Porque si los impuros demonios son capaces de estas cosas, ¡cuánto mayor será la potencia de los santos ángeles, cuánto mayor a todos ellos el de Dios, creador de los mismos ángeles, autores de tales maravillas!