La Ciudad de Dios

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1. ¿Por qué no ha de poder Dios hacer que los cuerpos muertos vuelvan a la vida, y que los cuerpos de los condenados sean atormentados con fuego eterno, Él, que ha hecho el mundo, con un cielo, una tierra, un aire, unas aguas, cuajados todos de innumerables maravillas, siendo como es, sin género de duda, el mismo mundo el mayor, el más excelente de todos los milagros de que él está lleno? Pero estos con quienes, o mejor, contra quienes estamos discutiendo admiten, es verdad, la existencia de un Dios que ha hecho el mundo, y de unos dioses hechos por Él, por los que el mundo se gobierna; además, no niegan; es más, proclaman la existencia de unas potencias mundanas autoras de prodigios, bien sea espontáneos, bien conseguidos por medio de un culto o de algún rito, e incluso de acciones mágicas. Y cuando les indicamos las extraordinarias propiedades de otros seres que no son ni animales racionales ni espíritus, dotados de razón, como sucede con las cosas, algunas de las cuales hemos recordado, nos suelen responder: «Se trata de fuerzas de la naturaleza, su naturaleza es así, son efectos de sus propias naturalezas». Luego toda la explicación de que la sal de Agrigento se diluya con la llama y crepite con el agua reside en que así es su naturaleza. Y, sin embargo, esto parece más bien contra la naturaleza, que le dio al agua, no al fuego, la propiedad de disolver la sal, y de tostarla al fuego, y no al agua. Pero -replican ellos- precisamente la propiedad de esta sal es el experimentar efectos contrarios a las otras.


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