La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. A mí mismo, en efecto, no quiero que se me crea a la ligera en todo lo que he citado, porque yo no los creo hasta el punto de no quedarme un resto de duda sobre ellos en mi pensamiento, excepto los que yo mismo he podido comprobar y a cualquiera le es fácil hacerlo. Por ejemplo, el fenómeno de la cal, que con el agua hierve y con el aceite se queda fría; la piedra imán, que por no sé qué clase de absorción secreta no mueve la paja y arrastra al hierro; la carne de pavo real, incorruptible, cuando hasta la de Platón se corrompió; la paja, tan refrigente que no permite derretirse la nieve, y tan calorífica que hace madurar la fruta; el fuego resplandeciente, que, de acuerdo con su fulgor, a las piedras las calcina haciéndolas blancas, y, en cambio, en contra de su mismo fulgor, vuelve negras muchas cosas. Hechos parecidos ocurren, verbigracia, con el aceite, que deja manchas oscuras aunque él sea brillante; la blanca plata traza líneas negras; con el carbón, lo mismo: por efecto del fuego las cosas se vuelven al revés: de hermosas maderas se convierten en negras; de duras se vuelven frágiles; de corruptibles, incorruptibles. Estos hechos los conozco personalmente -unos igual que muchos, otros igual que todos- y otros innumerables que hubiera sido prolijo constatar en esta obra.