La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 1. Quizá nuestros adversarios repliquen que la razón de no creer lo que decimos acerca de los cuerpos humanos, es decir, que estarán siempre abrasándose y nunca morirán, estriba en que -como sabemos- la naturaleza de los cuerpos humanos tiene una constitución muy diferente.
Por ello, aquà no cabe la misma explicación que se daba en aquellas otras maravillas naturales. No podemos decir: «Se trata de una fuerza natural; es asà la naturaleza de este objeto». Aquà sabemos que la naturaleza de la carne no es asÃ. Pues bien, sà tenemos, a pesar de todo, una respuesta que darles, sacada de las sagradas letras: esta misma carne del hombre tenÃa una constitución peculiar antes del pecado, a saber, la posibilidad de no padecer jamás la muerte; y otra distinta después de pecar, la conocida de todos en las calamidades de esta vida mortal, de forma que ya no es capaz de conservar la vida para siempre. AsÃ, de una manera también distinta a como la conocemos, tendrá otra constitución en la resurrección de los muertos.