La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero ahora fijemos nuestra atención en lo único que interesa al tema que nos ocupa. ¿Hay algo tan bien regulado por el autor del orden natural del cielo y tierra como la ordenadísima trayectoria de los astros? ¿Hay algo tan determinado por leyes definidas e inmutables? Y, sin embargo, cuando ha querido Él, que con su soberano ordenamiento y su poder gobierna su propia creación, la estrella más conocida de todas por sus dimensiones y su brillantez cambió su color, su tamaño, su forma y -lo que todavía es más portentoso- la dirección y la ley de su trayectoria. A buen seguro que perturbó entonces las tablas -si es que existía ya alguna- donde los astrónomos consignan por escrito los movimientos pasados y futuros de los astros con un cálculo diríamos infalible. Precisamente siguiendo estas tablas se han atrevido a afirmar que lo sucedido con el lucero ni antes ni después se ha vuelto a repetir.