La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Los ninivitas, de hecho, hicieron penitencia en esta vida61; una penitencia fructuosa, por ende, como quien siembra en un campo en el que Dios ha querido que se siembre entre lágrimas lo que luego se cosechará entre cantares62. Y, con todo, ¿quién, a poco que se fije, se atreverá a negar que se cumplió en ellos lo que el Señor había predicho, a saber: cómo abate Dios a los pecadores no sólo cuando está airado, sino también cuando se compadece? Dos son las formas de abatir a los pecadores: una como a los sodomitas, en que las personas mismas sufren el castigo de sus propios pecados, y otra la de los ninivitas, en la que quedan destruidos los pecados de las mismas personas por la penitencia. La predicción de Dios se cumplió realmente: quedó arrasada la Nínive perversa y en su lugar se edificó la buena que no existía. Quedando erguidas las murallas y las casas, quedó arrasada la ciudad en sus perdidas costumbres. De este modo, a pesar de que el profeta quedó contrariado porque no sucedió lo que aquellos hombres llegaron a temer fiados en su profecía63, se cumplió, sin embargo, lo que en la presciencia de Dios estaba pronosticado: bien sabía el que lo predijo cómo había de cumplirse con creces.