La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 3. Pero, por otra parte, los que están en lo cierto al decir que no puede comer el cuerpo de Cristo quien no está en el cuerpo de Cristo, prometen equivocadamente a los que se han desgajado de la unidad de ese cuerpo y han caído en la herejía e incluso las supersticiones de la gentilidad, que su liberación del eterno tormento del fuego tendrá lugar alguna vez. Deben considerar en primer lugar cuán insostenible y opuesto a la sana doctrina es que muchos -más bien casi todos- de los fundadores de impías herejías que se salieron de la Iglesia Católica convirtiéndose en heresiarcas queden mejor parados que aquellos otros que no fueron nunca católicos y cayeron en sus redes. Esto en el supuesto de que a tales heresiarcas los libre del eterno suplicio el hecho de haber recibido en principio el bautismo en la Iglesia Católica y el sacramento del cuerpo de Cristo en el seno del verdadero Cuerpo de Cristo. ¿No es peor el que deserta de la fe y se convierte de desertor en perseguidor, que el otro que nunca desertó de una fe que jamás tuvo? Pero, por si fuera poco, el Apóstol les sale al paso con las mismas palabras; después de enumerar las obras de la carne, con esa misma verdad asegura: Porque quienes hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios78.