La Ciudad de Dios

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4. De ahí que tampoco deben creerse asegurados aquellos que viven una conducta corrompida y rechazable y creen mantenerse hasta el final en comunión con la Iglesia Católica, fijándose en aquellas palabras: El que resista hasta el final se salvará79; y, sin embargo, desertan, por su perversa vida, de la misma justicia de la vida, que para ellos es Cristo, sea dándose a la fornicación o cometiendo en su cuerpo otras acciones impuras que ni el Apóstol quiso nombrar, sea dejándose arrastrar de desenfrenadas torpezas, o cometiendo cualesquiera otros pecados de los que dice: Porque quienes hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios. Quienes cometen, pues, tales torpezas tendrán por paradero el suplicio eterno, puesto que no podrán estar en el reino de Dios.

No podemos decir que quienes perseveran en tales desórdenes hasta el fin de su vida han perseverado en Cristo, porque perseverar en Cristo es perseverar en su fe, y esta fe, como la define el Apóstol, se traduce en obras por la caridad, y la caridad80 -como el mismo Apóstol dice en otro lugar- nunca hace el mal81. Pero tampoco podemos decir que éstos se alimentan con el cuerpo de Cristo, puesto que no se les debe contar entre sus miembros, ya que -por no aducir más razones- no se puede ser al mismo tiempo miembros de Cristo y miembros de una meretriz82.


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