La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios De todo lo expuesto pienso que nadie puede dudar que no da la felicidad ninguno de estos dioses que reciben tanto y tan inmundo culto, y si no lo reciben, se irritan más torpemente aún, con lo que se delatan como los espíritus más inmundos. En fin, quien no da la felicidad, ¿cómo puede dar la vida eterna? Llamamos vida eterna a aquella en que la felicidad no tiene fin. Pues si el alma viviera en los tormentos eternos en que son atormentados los mismos espíritus inmundos, más bien muerte que vida debiera llamarse ésa. No hay, en efecto, muerte más radical ni peor que aquella en que no muere la muerte.
Pero como el alma, por su naturaleza, ha sido creada inmortal y no puede existir sin vida alguna, su muerte suprema es el apartamiento de la vida de Dios en la eternidad del tormento. Por consiguiente, sólo el que da la verdadera felicidad puede dar la vida eterna, es decir, felicidad sin fin. Ésta, queda demostrado, no pueden darla los dioses que adora la teología civil. Así que no deben ser honrados por las cosas temporales y terrenas, como hemos demostrado en los cinco libros anteriores, y mucho menos por la vida eterna que seguirá a la muerte; lo que con la ayuda de los otros hemos probado en éste solo. Pero como la fuerza de la apatía tiene tan grandes raíces, si alguien piensa que he hablado poco sobre el rechazo y cautela contra esta teología civil, preste atención al libro que, con la ayuda de Dios, seguirá.