La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios A veces veía que se afanaban por las causas primeras y últimas de las cosas, que para él sólo estaban en la voluntad del Dios único y supremo; y pensaba que sólo podía comprenderlas una limpia inteligencia. Por eso juzgaba debía insistirse en la purificación de la vida por las buenas costumbres a fin de que, libre el ánimo de bajos apetitos, alce el vuelo con su vigor natural a lo eterno, y pueda contemplar con la limpieza de su inteligencia la naturaleza de la luz incorpórea e inmutable, en que se encuentran firmes las causas de todas las naturalezas creadas.
Consta, en efecto, que él, confesando su ignorancia o disimulando su ciencia, con el admirable donaire de su dialéctica y con su extremada elegancia, puso en solfa y desbarató la necedad de los ignorantes que se las daban de entendidos incluso en las cuestiones morales, en las que él parecía tener centrada toda su atención. Con ello se atrajo enemistades, y, condenado por una calumniosa acusación, fue castigado con la muerte. Luego tuvo que llorarlo públicamente la misma Atenas, que públicamente lo había condenado, y de tal modo se tornó la indignación del pueblo contra los dos acusadores, que uno murió violentamente a manos de la multitud y el otro se libró de tal pena con destierro voluntario y perpetuo.