La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Ceda ante ellos la teología fabulosa que recrea los ánimos de los impíos con los crímenes de los dioses. Ceda también la civil, en que los impuros demonios bajo el nombre de dioses sedujeron con placeres terrestres a los pueblos a ellos entregados y tuvieron a bien considerar los errores humanos como honores divinos; incitaban así con los más inmundos afanes a sus adoradores a la contemplación escenificada de sus crímenes como manera de darles culto, y se proporcionaban a sí mismos de parte de los espectadores escenas más detestables. En lo cual, si aún tienen lugar algunas ceremonias dignas, se ven mancilladas por la obscenidad de los teatros que las acompañan, y las torpezas que se representan en el teatro merecen alabanza comparadas con la degradación de los templos.
Ceda también la interpretación que ha dado Varrón, como si estos ritos se refirieran al cielo, a la tierra y a las semillas y actos de los seres mortales; ya que, en realidad, por una parte, no son significados por aquellos ritos que pretende insinuar, y por ello su empeño no atina con la verdad; y, por otra, aunque lo fueran, no debe el alma racional dar el culto debido a su Dios a los seres que le son inferiores por naturaleza; ni debe poner delante de sí como dioses las cosas cuya primacía le dio a ella el verdadero Dios.