La Ciudad de Dios

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No sólo, pues, han de ceder estas dos teologías, la fabulosa y la civil, a los filósofos platónicos, que reconocieron la existencia del Dios verdadero, creador de las cosas, iluminador de la verdad, dador de la felicidad; han de ceder también ante varones tan ilustres y conocedores de semejante Dios los otros filósofos que, con espíritu sometido al cuerpo, tuvieron como principio de la naturaleza las cosas corporales. Así Tales, que lo puso en el agua; Anaxímenes, en el aire; los estoicos, en el fuego; Epicuro, en los átomos, esto es, en corpúsculos tan diminutos que no pueden dividirse ni percibirse.

Háganse aparte, finalmente, todos aquellos en cuya enumeración no es preciso detenerme, que afirmaron como causa y principio de todas las cosas a los cuerpos ya simples, ya compuestos, ya sin vida, ya con ella, pero, al fin, cuerpos. De ellos, algunos, como Epicuro, creyeron que los seres vivientes podían proceder de los no vivientes; otros, en cambio, que los seres vivientes y los no vivientes proceden de los vivientes ciertamente, pero los cuerpos, del cuerpo. Pues los estoicos tuvieron al fuego realmente como dios, y este fuego no era otra cosa para ellos que uno de los cuatro elementos de que consta este mundo visible, siendo a la vez viviente, sabio y autor del mismo mundo y de todo lo que en él existe.


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