La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Éstos y todos los semejantes a ellos no pudieron pensar otra cosa que lo que les comunicaban sus corazones vinculados a los sentidos de la carne. Tenían en sí mismos lo que no veían, y se imaginaban que veían fuera de sí lo que no veían, aunque en realidad no lo veían, sino que sólo lo pensaban. Y esto, en realidad, a la vista de tal imaginación, no es cuerpo, sino semejanza de cuerpo. Y la facultad por la que se ve en el ánimo esta semejanza del cuerpo ni es cuerpo ni semejanza de cuerpo; y esa misma facultad, que juzga si es hermosa o deforme esa semejanza, es ciertamente más elevada que ésta. Ésa es precisamente la mente del hombre y la naturaleza del alma racional, que ciertamente no es cuerpo; como no lo es tampoco esa misma semejanza del cuerpo cuando se la ve y discierne en el ánimo del que piensa. No es, pues, ni tierra, ni agua, ni aire, ni fuego, los cuatro cuerpos, llamados también elementos, de que vemos está formado este mundo corpóreo. Y así, si nuestro ánimo no es cuerpo, ¿cómo puede ser cuerpo Dios, creador del ánimo?