La Ciudad de Dios

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Cedan, pues, todos éstos, como se ha dicho, a los platónicos; cedan también los otros que se ruborizaron de afirmar que Dios era cuerpo y, sin embargo, no tuvieron reparo en afirmar que nuestros ánimos son de la misma naturaleza que es Él. No les ha conmovido una mutabilidad tan grande del alma, que es impío atribuir a la naturaleza de Dios. Pero replican que la naturaleza del alma se cambia en contacto con el cuerpo, pues por sí misma es inmutable. Lo mismo podían decir que si la carne recibe heridas es por el cuerpo, pues por sí misma es invulnerable. Lo que no puede ser cambiado no puede cambiarlo nada; y así, lo que puede cambiar por medio del cuerpo, ya puede cambiar por algo y, por tanto, no se puede llamar justamente inmutable.

CAPÍTULO VI

Pensamiento de los platónicos en la parte de la filosofía llamada física







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