La Ciudad de Dios

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Estos filósofos, pues, que vemos justamente preferidos por la fama y la gloria a todos los demás, reconocieron que Dios no es cuerpo; y así, en la búsqueda de Dios trascendieron todos los cuerpos. Vieron que ninguna cosa que cambia puede ser el Dios supremo. Comprendieron, además, que en cualquier cosa mudable, toda forma que le hace ser lo que es, de cualquier modo o naturaleza que sea, no puede tener existencia sino de quien verdaderamente existe, porque existe sin poder cambiar. De donde concluyeron que sólo de quien tiene existencia simplicísima puede tenerla el cuerpo de todo el mundo, sus formas, sus cualidades, el movimiento ordenado, los elementos ordenados desde el cielo hasta la tierra, y todos los cuerpos que hay en ellos. Y lo mismo ha de decirse de toda suerte de vida: ya sea la que alimenta y conserva, como vemos en los árboles; ya la que, además de esto, siente, como la de los cuerpos; ya la que, además, entiende, como la de los hombres; ya, finalmente, la que sin necesidad del subsidio nutritivo se conserva, siente y entiende, como la de los ángeles. Y en ese ser simplicísimo no es el vivir diferente del entender, como si pudiera vivir sin entender; ni es el entender diferente del ser feliz, como si pudiera entender sin ser feliz; sino que su existencia es precisamente el vivir, el entender, el ser feliz.



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