La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Por esta inmutabilidad y simplicidad entendieron que Él hizo todas las cosas, y que Él no pudo ser hecho por nadie. Pensaron que cuanto existe o es cuerpo o es vida; que la vida es mejor que el cuerpo, y que la forma del cuerpo es sensible, y la de la vida inteligible. Y asà prefirieron la figura inteligible a la sensible.
Llamamos sensibles a los seres que pueden ser percibidos por la vista o por el tacto; inteligibles, a los que sólo pueden ser entendidos por la mirada de la mente. No hay hermosura corporal, ya sea en el estado del cuerpo, cual es la figura, ya en el movimiento, cual es la canción, sobre la cual no juzgue el espÃritu. Lo cual no podrÃa hacer si esa figura no fuera más elevada en él, y esto sin el volumen de la masa, sin el estrépito de la voz, sin el espacio del lugar o del tiempo. Pero a su vez también, si no fuera mudable, no podrÃa juzgar uno mejor que otro sobre la hermosura sensible ni un espÃritu más ingenioso mejor que otro más torpe, uno más sabio mejor que otro menos sabio, uno más ejercitado mejor que otro menos ejercitado, y uno mismo ya adelantado mejor que antes de serlo. Lo que en efecto sufre aumento o disminución es, sin duda, mudable. Por ello los hombres ingeniosos, sabios y ejercitados en estas materias, llegaron a la conclusión de que no puede hallarse la primera figura en aquellas cosas en que se la ve cambiante.