La Ciudad de Dios

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Así, ya solicitaran este bien del espíritu, ya del cuerpo, ya de uno y otro, al fin pensaron que había que solicitarlo del hombre. Los que lo apetecieron del cuerpo, lo apetecieron de la parte inferior; los que lo apetecieron del alma, de la parte superior, y los que de una y otro, de todo el hombre. Fuera, pues, de la parte, fuera del todo, al fin sólo del hombre. Estas diferencias no por ser tres se quedaron en tres opiniones, sino que suscitaron muchas discordias y sectas entre los filósofos: hubo diversas opiniones sobre el bien del cuerpo, sobre el bien del alma y sobre el bien de uno y otro.

De consiguiente, cedan todos éstos ante los filósofos que afirmaron que el hombre no era feliz por gozar del cuerpo, o por gozar del espíritu, sino por gozar de Dios; no como el espíritu goza del cuerpo o de sí mismo ni como el amigo del amigo, sino como el ojo goza de la luz, si estas cosas pueden suministrarnos alguna semejanza con aquello; cuál sea ésa, en cuanto está de nuestra parte, aparecerá con la ayuda de Dios en otro lugar.





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