La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Ahora bien, sobre la altura del lugar, que habitan los demonios en el aire y nosotros en la tierra, es ridículo perturbarnos de tal modo que por ello vayamos a pensar que han de anteponerse a nosotros. Según esto, pondríamos delante de nosotros a todos los volátiles del cielo. Pero las aves, cuando se fatigan en el vuelo o han de reparar el cuerpo con el alimento, vuelven a la tierra para descansar o para alimentarse; lo que no hacen los demonios, dicen. ¿Les parece bien, entonces, que las aves nos aventajen a nosotros, y los demonios a las aves? Si pensar esto es una extravagancia, no hay por qué pensar que a causa de la habitación en un elemento superior sean dignos los demonios de nuestra sumisión religiosa. Como las aves del cielo no sólo no son preferidas a los que moramos en la tierra, sino que nos están sometidas por la dignidad del alma racional que tenemos; así, los demonios, aunque habiten la región etérea, no por ello son mejores que nosotros los de la tierra, porque sea el aire superior a la tierra; antes deben ser los hombres preferidos a ellos, porque en modo alguno puede compararse su desesperación con la esperanza de los hombres piadosos.