La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. ¿Qué necedad, pues, o mejor qué demencia puede someternos por algún motivo religioso a los demonios cuando por la verdadera religión nos vemos libres de la perversidad que nos hace semejantes a ellos? Pues el mismo Apuleyo, aunque se muestra muy benigno con ellos y los juzga dignos de los honores divinos, se ve forzado a reconocer que se dejan mover por la ira, y a nosotros la verdadera religión nos manda no ceder a la ira, sino más bien oponerle resistencia; siendo los demonios solicitados con obsequios, la verdadera religión nos ordena no favorecer a nadie por la aceptación de obsequios; ablandándose los demonios por los honores, la verdadera religión nos manda que no nos dejemos mover por ellos en modo alguno; odiando los demonios a algunos y amando a otros no con un juicio prudente y sereno, sino con un ánimo que llama él sujeto a la pasión, a nosotros la verdadera religión nos manda amar incluso a nuestros enemigos10. En suma, la verdadera religión nos ordena deponer todo movimiento del corazón e ímpetu de la mente, todas las agitaciones y tempestades del ánimo en las que dice se agitan y debaten los demonios. ¿Cuál es, pues, la causa, la necedad y el error miserable de que te humilles en la veneración de aquel a quien no quieres asemejarte en la vida? ¿Cuál es la causa de que veneres con la religión a quien no quieres imitar, si precisamente toda religión consiste en la imitación de quien veneras?