La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pues aman aquéllos las torpezas escénicas que no ama la honestidad; aman en los maleficios de los magos las mil artes del engaño que no ama la inocencia. En consecuencia, la honestidad y la inocencia si quisieran conseguir algo de los dioses, no lo podrían conseguir por sus méritos, sino con la intervención de sus enemigos. No hay motivo para que éste intente justificar las ficciones y escarnios del teatro. Frente a todo esto tenemos a su maestro tan considerado entre ellos, Platón, si el pudor humano tiene tan pobre idea de sí que no sólo ame las cosas torpes, sino que hasta las tenga por agradables a la divinidad.
CAPÍTULO XIX
Impiedad del arte mágico que se apoya en el patrocinio de los espíritus malignos