La Ciudad de Dios

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Contra las artes mágicas de que gustan gloriarse algunos demasiado infelices y demasiado impíos, ¿no he de citar el testimonio público bien notorio? ¿Por qué, en efecto, son castigadas tan duramente por la severidad de las leyes estas artes si son obras de dioses dignos de veneración? ¿Fueron acaso establecidas por los cristianos estas leyes que castigan las artes mágicas? ¿Qué otro sentido pueden tener las palabras del poeta, sino que está fuera de toda duda que estos maleficios son perniciosos al género humano? He aquí los versos: «Testigos me son los dioses, y tú, querida hermana, tú a quien tanto quiero, de que muy a pesar mío recurro a artes mágicas»: En igual sentido se entiende lo que dice de estas artes en otro lugar: «He visto transferir a otro lugar las mieses sembradas»; en que alude a los frutos ajenos que se dice fueron trasladados a otras tierras por la influencia funesta e impía de esta doctrina.

¿No dice Cicerón que en las Doce Tablas, el código más antiguo de los romanos, consta el castigo establecido para quien practicara estas artes? Finalmente, el mismo Apuleyo ¿fue acusado por estas artes mágicas ante jueces cristianos?




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