La Ciudad de Dios

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Ciertamente si cuando lo acusaron de esto tenía a estas artes por divinas y piadosas, y adaptadas a las obras de las potestades divinas, no sólo debió confesarlas, sino hasta profesarlas públicamente y condenar más bien a las leyes que prohibían y juzgaban condenables estas cosas que era preciso considerar dignas de admiración y veneración.

De esta suerte, una de dos: o lograba persuadir a los jueces de su opinión o, si ellos siguieran con las leyes injustas y lo condenasen a muerte por predicar y alabar tales cosas, los demonios le otorgarían una recompensa digna de su alma, ya que no tenía reparo en ofrecer la vida humana en la predicación de sus obras divinas. Como les sucedió a nuestros mártires cuando se les achacaba la religión cristiana como un crimen: como sabían que ella los salvaba y glorificaba para siempre, no eligieron liberarse de las penas temporales negándola; antes bien, confesándola, proclamándola, predicándola; soportando por ella todos los tormentos fiel y varonilmente, y muriendo con piadosa serenidad, pusieron en vergüenza las leyes que la prohibían y las hicieron cambiar.




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