La Ciudad de Dios

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Por otra parte, nos queda una larga y muy elocuente disertación de este filósofo platónico, en que defiende que él está libre del crimen de las artes mágicas, y pretende demostrar su inocencia con la negación de los hechos que no puede cometer un inocente. Pero todas las maravillas de los magos, que con razón juzga deben ser condenados, se deben a las doctrinas y obras de los demonios. Vea él cómo juzga dignos de honor y necesarios para llevar nuestras plegarias a los dioses a aquellos cuyas obras debemos evitar si queremos que nuestras plegarias lleguen al verdadero Dios.

Pregunto, además: ¿qué plegarias de los hombres deben presentar a los dioses los demonios, las mágicas o las lícitas? Si las mágicas, no las admiten; si las lícitas, no las quieren por su medio. Y si un pecador arrepentido hace oración, sobre todo porque se contagió con alguna magia, ¿puede recibir el perdón por la intercesión de aquellos cuyo impulso o favor le hizo cometer la culpa que llora? ¿O acaso los mismos demonios, para poder merecer el perdón a los arrepentidos, hacen primero penitencia por haberlos engañado? Jamás ha afirmado esto nadie de los demonios; si fuera así, en modo alguno se atreverían a solicitar para sí honores divinos quienes desean por la penitencia llegar a la gracia del perdón. Aquello sería detestable soberbia; esto, humildad digna de lástima.

CAPÍTULO XX


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