La Ciudad de Dios

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Cierto que tienen dominio sobre muchos, hechos prisioneros y esclavos, indignos claramente de participar en la verdadera religión. Valiéndose de falsos portentos de hecho o de palabra, lograron persuadir a la mayor parte de aquéllos de que ellos son dioses. A otros, en cambio, que consideraron con más atenta diligencia sus vicios, no pudieron persuadirlos de que eran dioses. Entonces trataron de hacerse pasar por mediadores entre los dioses y los hombres e intercesores de sus beneficios. Y si los hombres juzgaron que no había de dárseles siquiera este honor, ya que no los tenían por dioses por verlos malos, mientras todos los dioses deben ser buenos, no obstante no osaban tenerlos por indignos enteramente del culto divino, sobre todo por no ofender a los pueblos, que veían les servían con inveterada superstición por medio de tantas ceremonias y templos.

CAPÍTULO XXIII

Sentir de Hermes Trismegisto sobre la idolatría, y cómo pudo saber que habían de suprimirse las supersticiones egipcias




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