La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Por consiguiente, no se puede admitir ninguno de esos cuatro extremos, ya que en cada uno de ellos tan mal parado queda el concepto de los dioses; y así, en modo alguno se puede creer lo que Apuleyo y los filósofos de su cuerda se afanan por persuadir, esto es, que los demonios median entre los dioses y los hombres como mensajeros e intérpretes para llevar de aquí nuestras peticiones y traer de allí el socorro de los dioses. Muy al contrario, son espíritus ansiosos de causar mal, totalmente ajenos a la justicia, hinchados de soberbia, lívidos por la envidia, sutiles en el engaño. Habitan ciertamente en este aire porque, arrojados de la sublimidad del cielo superior por causa de su irreparable transgresión, han quedado condenados en esta especie de cárcel tan a propósito para ellos. Pero no por hallarse el lugar del aire sobre las tierras y las aguas son superiores ellos por sus méritos a los hombres; éstos con su espíritu religioso los superan con creces no por su cuerpo terrenal, sino por haber elegido al verdadero Dios como auxilio.