La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Como al llegar a este punto Asclepio, con quien habla, le respondiese: «¿Te refieres a las estatuas, ¡oh Trismegisto!?»; contestó él: «Sí, estatuas, ¡oh Asclepio!; ves cómo tú mismo desconfías, pero estatuas animadas y llenas de vida y de espíritu que hacen tan grandes cosas; estatuas conocedoras del futuro, y que lo predican por la suerte, por adivinos, por los sueños, y de otras maneras, que causan las enfermedades a los hombres y se las curan, que dan la alegría y la tristeza a tono con los méritos. ¿Ignoras acaso, ¡oh Asclepio!, que Egipto es imagen del cielo o, con más verdad, el lugar adonde se traslada y desciende cuanto se determina y realiza en el cielo, y, más exactamente aún, ignoras que nuestra tierra es el centro de todo el mundo? Sin embargo, como conviene que el sabio lo sepa todo con anticipación, no debéis ignorar esto: vendrá un tiempo en que aparezca que en vano los egipcios conservaron sus dioses con espíritu piadoso y escrupulosa religión, y en que toda su santa veneración quedará frustrada inútilmente».