La Ciudad de Dios

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2. También Hermes, de quien tratamos ahora, atestigua que los dioses de Egipto son hombres muertos; dice, en efecto, en el mismo libro en que se lamenta como presagiando el futuro: «Entonces esta tierra santísima, morada de capillas y templos, estará saturada de sepulcros y muertos». En efecto, habiendo dicho que sus antepasados, muy equivocados sobre la naturaleza de los dioses, incrédulos y sin prestar atención al culto y religión divinos, habían descubierto el arte de fabricar dioses, añade: «A esta invención añadieron una virtud conveniente sobre la naturaleza del mundo, y mezclándola con ella, como no podían hacer las almas, evocando las almas de los demonios o de los ángeles, se las apropiaron a la imágenes santas y a los divinos misterios para que por su medio tuvieran los ídolos el poder de obrar el bien y el mal».

Continúa luego como tratando de probar esto con ejemplos: «Pues tu abuelo, ¡oh Asclepio!, fue el inventor de la medicina; se le dedicó un templo en el monte de Libia, junto al litoral de los Cocodrilos, donde reposa su hombre mundano, esto es, el cuerpo. El resto de él, o mejor todo él, si todo el hombre se condensa en el sentido de la vida, marchó mejorado al cielo, y presta ahora con su divinidad a los hombres débiles los auxilios que solía otorgar con el arte de la medicina».


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