La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Dejando de momento esta cuestión sobre los santos ángeles, veamos cómo dicen los platónicos que los demonios, puestos como intermedios entre los dioses y los hombres, sufren los vaivenes borrascosos de las pasiones. Si en verdad soportaran estos asaltos con mente libre de ellos y señora de los mismos, no diría Apuleyo que sufrían el oleaje de estos pensamientos a merced de un movimiento semejante del corazón o de la agitación de la mente. Su misma mente, pues -esto es, la parte superior del espíritu que los hace racionales y en la cual está la virtud y sabiduría, si es que tienen alguna-, tendría su dominio en el gobierno y moderación de las pasiones turbulentas de las partes inferiores del alma. Mas esa misma mente, como confiesa este platónico, se siente sacudida en el mar de tales perturbaciones.
Por tanto, la mente de los demonios está sujeta a las pasiones de la torpeza, el temor, la ira y demás de esta naturaleza. Entonces, ¿qué parte está libre de ellos y consciente de la sabiduría, por la cual puedan agradar a los dioses y estimular a los hombres a sus buenas costumbres? Porque su mente, sometida y oprimida por los vicios de las pasiones, cuanto tiene de razón naturalmente lo dirige al engaño y seducción con tanta mayor fuerza, cuanto más la domina el ansia de perjudicar.
CAPÍTULO VII