La Ciudad de Dios

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Al presente tratamos de aquellos demonios que describió Apuleyo entre los dioses y los hombres: vivientes en cuanto al género, racionales por la mente, pasibles en cuanto al espíritu, aéreos por el cuerpo, eternos por el tiempo. Es, a saber: al distinguir primero a los dioses en el cielo sublime y a los hombres en la tierra más baja, separados por los lugares y por la dignidad de la naturaleza, concluye así: «Tenéis así dos clases de vivientes: los dioses tan diferentes de los hombres por la sublimidad del lugar, por la perpetuidad de la vida, por la perfección de la naturaleza, y sin ninguna comunicación cercana entre sí, ya que tan elevado espacio separa las moradas supremas de las ínfimas; y, además, es allí la vitalidad eterna e indefectible, y aquí caduca y pasajera; están aquellos ingenios elevados a la felicidad, y éstos rebajados a las miserias».

Veo aquí citadas tres propiedades sobre las dos partes extremas de la naturaleza, es decir, la suprema y la ínfima. Pues las tres que hizo resaltar como laudables en los dioses, las repite luego, aunque con otras palabras, para oponerles otras tres contrarias en los hombres. Las tres de los dioses son éstas: la sublimidad del lugar, la perpetuidad de la vida, la perfección de la naturaleza.



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