La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Dos notas, pues, quedan ya para los demonios: que son pasibles por el ánimo y eternos por el tiempo. Lo uno les es común con los ínfimos; lo otro, con los supremos; de suerte que, equilibrados proporcionalmente en ese término medio, ni traten de emular a los supremos ni se abatan hasta los ínfimos. Y ésa es precisamente la mísera eternidad de los demonios o la miseria eterna. Pues quien ha afirmado que son pasibles por su espíritu también los hubiera llamado miserables si no fuera por el respeto a sus adoradores. Pero rigiendo al mundo sin fortuita temeridad, como éstos confiesan -la providencia del Dios supremo-, no sería eterna la miseria de éstos si no fuera grande su malicia.
3. Por tanto, si justamente los felices son llamados εὐδαίμονες, no son εὐδαίμονες los demonios a los que éstos han colocado intermedios entre los hombres y los dioses. ¿Cuál es, pues, el lugar de los demonios buenos, que, estando por encima de los hombres y debajo de los dioses, prestan su ayuda a aquéllos y su ministerio a éstos? Si son buenos y eternos, son también felices. Pero una felicidad eterna no es posible los deje en medio, ya que los acerca mucho a los dioses y los separa también mucho de los hombres. Entonces en vano se esforzarán éstos en demostrar cómo los demonios buenos, si son inmortales y felices, están situados con razón en un lugar medio entre los dioses inmortales y felices, y los hombres mortales y miserables.