La Ciudad de Dios

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Como algunos de estos que podríamos llamar adoradores de los demonios, entre los cuales se encuentra Labeón, dicen que otros llaman ángeles a los que ellos llaman demonios, para no dar la impresión de que también nosotros andamos enzarzados en un debate de palabras, me parece ya hora de tratar algo sobre los ángeles buenos, cuya existencia ciertamente no niegan éstos; aunque prefieren darles el nombre de demonios buenos en vez de ángeles. En cambio, nosotros, siguiendo la Escritura, que nos hace cristianos, siempre encontramos ángeles buenos y ángeles malos, nunca demonios buenos; y donde quiera que en aquellas letras se encuentra este nombre, dæmones o dæmonia, siempre se quiere significar los espíritus malignos. Los pueblos por doquier han seguido esta manera de hablar; de suerte que aun de los llamados entre ellos paganos, que defienden el culto de muchos dioses y demonios, no habrá alguno, por literato que sea, que le diga a un esclavo en tono de alabanza «tienes un demonio»; antes bien, no se puede dudar que, cuando dice esto a alguno, no lo dice sino en plan de maldición.

¿Qué motivo, pues, puede forzarnos a exponer lo que dijimos, después de ofender con esta palabra tantos oídos, por no decir todos los que acostumbran a oírla sólo en sentido peyorativo? Mucho más, ya que podemos, usando el nombre de ángeles, evitar esa ofensa que podía tener lugar con el nombre de demonios.

CAPÍTULO XX


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