La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios No se les oculta esto tampoco a los demonios, pues le dijeron al mismo Señor revestido de la debilidad de la carne: ¿Quién te mete a ti en esto, Jesús Nazareno? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?4 Queda patente en estas palabras que había en ellos una gran sabiduría, pero no había caridad. Temían su castigo de parte de Cristo, no amaban en Él la justicia. Se les manifestó tanto como quiso, y quiso tanto como fue conveniente. Pero se les dio a conocer no como a los ángeles santos, que gozan de la participación de su eternidad, en cuanto es el Verbo de Dios, sino cual era necesario darse a conocer a éstos para atormentarlos, de cuyo tiránico poder, por así decir, había de librar a los predestinados a su reino y a su gloria, siempre veraz y en verdad eterna.