La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Se manifestó, pues, a los demonios, no por lo que es la vida eterna y la luz inconmutable que ilumina a los piadosos, cuyos corazones se purifican por la fe que se tiene en él; se les dio a conocer por algunos efectos temporales de su poder y prodigios de su ocultísima presencia, que podían ser más visibles a los sentidos angélicos, aun de los espíritus malignos, que a la flaqueza de los hombres. Finalmente, cuando tuvo a bien suprimir un tanto esos signos, y alguna vez lo ocultó profundamente, llegó a dudar de él hasta el príncipe de los demonios; e indagando si era Cristo, le tentó hasta donde él mismo permitió ser tentado para proporcionar, en la humanidad de que era portador, un ejemplo a nuestra imitación.
Pero después de aquella tentación, cuando, como está escrito, le servían5 los ángeles, buenos y santos, y por ello temibles y terribles para los espíritus inmundos, más y más se descubría a los demonios qué poder tenía, de suerte que nadie osase resistir a su mandato, por más que pareciera en él tan menospreciable la debilidad de la carne.
CAPÍTULO XXII
Diferencia entre la ciencia de los santos ángeles y la de los demonios