La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Para estos ángeles buenos es despreciable toda la ciencia de las cosas corporales caducas, de que se enorgullecen los demonios, no porque desconozcan esas cosas, sino porque estiman tanto la caridad de Dios, que les santifica. Ante su hermosura, no sólo incorpórea, sino también inconmutable e inefable, en cuyo santo amor se inflaman, menosprecian todas las criaturas que están por debajo y todo lo que no es Él, y a sí mismos entre todas ellas; gozan, en cuanto son buenos, del bien que los hace buenos. Por eso conocen con más certeza estas cosas temporales y mudables, porque ven sus causas principales en el Verbo de Dios, por el que fue hecho el mundo: causas que aprueban algunas cosas, reprueban otras, las ordenan todas.
Los demonios, en cambio, no contemplan en la Sabiduría de Dios las causas eternas y, en cierto modo, principales de los tiempos, sino que con una mayor experiencia de ciertos signos que nosotros, ven muchas más cosas futuras que los hombres, y a veces también hacen saber de antemano sus intenciones. Finalmente, muchas veces se equivocan éstos, no los ángeles.