La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios En efecto, una cosa es conjeturar los acontecimientos temporales por los signos temporales, y los mudables por los mudables, e introducir en ellos el módulo temporal y mudable de su voluntad, lo cual, en cierto modo, está permitido a los demonios; y otra, ver los cambios de los tiempos en las leyes eternas e inconmutables de Dios, que tienen su asiento en su Sabiduría, y conocer por la participación de su Espíritu la voluntad de Dios, que es la más inequívoca y poderosa de todo; y esto es un privilegio concedido con justa elección a los ángeles. Así, no sólo son eternos, sino también felices. Y el bien que los hace felices es su Dios, por el que fueron creados: gozan indefectiblemente de su participación y contemplación.
CAPÍTULO XXIII
El nombre de dioses, falsamente atribuido a los dioses de los paganos, es común a los santos ángeles y a los hombres justos según la autoridad de las divinas Escrituras