Facundo

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En Tucumán estaba Quiroga tendido sobre un mostrador.—¿Dónde está el general?—le pregunta un andaluz que se ha achispado un poco para salir con honor del lance.—Ahí dentro; ¿qué se le ofrece?—Vengo a pagar cuatrocientos pesos que me ha puesto de contribución... ¡Como no le cuesta nada a ese animal!—¿Conoce, patrón, al general?—Ni quiero conocerlo, ¡forajido!—Pase adelante; tomemos un trago de caña. Más avanzado estaba este original diálogo, cuando un ayudante se presenta, y dirigiéndose a uno de los interlocutores:—Mi general—le dice...—¡Mi general!...—repite el andaluz abriendo un palmo de boca—. Pues qué... ¿vos sois el general?... ¡Canario! Mi general—continúa hincándose de rodillas—, soy un pobre diablo, pulpero...; ¡qué quiere V. S.!...; se me arruina..., pero el dinero está pronto...; vamos..., ¡no hay{194} que enfadarse! Facundo suelta la risa, lo levanta, lo tranquiliza y le entrega su contribución, tomando sólo 200 pesos prestados, que le devuelve religiosamente más tarde. Dos años después un mendigo paralítico le gritaba en Buenos Aires:—Adiós, mi general; soy el andaluz de Tucumán; estoy paralítico. Facundo le dió seis onzas.





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