Facundo
Facundo De la acción de Chacón traía un fogonazo en la sien que le había arreado todo el pelo y embutido la pólvora en la cara. Con este talante y acompañamiento, y un asistente inglés tan gaucho y certero en el lazo y las bolas como el patrón y los parientes, emigraba el joven Navarro para Coquimbo; porque joven era, y tan culto en su lenguaje y tan elegante en sus modales, como el primer pisaverde; lo que no estorbaba que cuando veía caer una res, viniese a beberle la sangre como un salvaje. Todos los días quería volverse, y las instancias de sus amigos bastaban apenas a contenerlo. «Yo soy hijo de la pólvora—decía con su voz grave y sonora—: la guerra es mi elemento—». «La primer gota de sangre que ha derramado la guerra civil—decía otras veces—ha salido de estas venas, y de aquí ha de salir la última.» «Yo no puedo ir más adelante—repetía parando su caballo—; echo de menos sobre mis hombros las paletas de general.» «En fin—exclama otras veces—: ¿qué dirán mis compañeros cuando sepan que el mayor Navarro ha pisado el suelo extranjero sin un escuadrón con lanza en ristre?»