Facundo
Facundo ¡Y no se crea que la ciudad ha sido abandonada al pillaje, o que el soldado haya participado de aquel botÃn inmenso! No; Quiroga repetÃa después en Buenos Aires, en los cÃrculos de sus compañeros: «Yo jamás he consentido en que el soldado robe, porque me ha parecido inmoral.» Un chacarrero se queja a Facundo en los primeros dÃas de que sus soldados le han tomado algunas frutas. Hácelos formar, y los culpables son reconocidos. Seiscientos azotes es la pena que cada uno sufre. El vecino, espantado, pide para las vÃctimas, y le amenazan con llevar la misma porción. Porque asà es el gaucho argentino: mata porque le mandan sus caudillos matar, y no roba porque no se lo mandan. Si queréis averiguar cómo no se sublevan estos hombres y no se desencadenan contra el que no les da{231} nada en cambio de su sangre y de su valor, preguntadle a don Juan Manuel Rosas todos los prodigios que pueden hacerse con el terror. ¡El sabe mucho de eso! ¡No sólo al miserable gaucho, sino al Ãnclito general, al ciudadano fastuoso y envanecido se le hacen obrar milagros! ¿No os decÃa que el terror produce resultados mayores que el patriotismo?