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Obtúvolas, empero, a fuerza de ruegos y de seducciones para mientras tanto durase la guerra de Córdoba; concluída la cual, empezaron de nuevo las exigencias de hacerle desnudarse de aquel poder ilimitado. La ciudad de Buenos Aires no concebía por entonces, cualesquiera que fuesen las ideas de partido que dividiesen a sus políticos, cómo podía existir un Gobierno absoluto. Rosas, empero, resistía blandamente, mañosamente. «No es para hacer uso de ellas—decía—, sino porque, como dice mi secretario García Zúñiga, es preciso, como el maestro de escuela, estar con el chicote en la mano para que respeten la autoridad.» La comparación ésta le había parecido irreprochable y la repetía sin cesar.

Los ciudadanos, niños; el gobernador, el hombre, el maestro. El ex gobernador no descendía, empero, a confundirse con los ciudadanos; la obra de tantos años de paciencia y de acción estaba a punto de terminarse; el período legal en que había ejercido el mando le había enseñado{243} todos los secretos de la Ciudadela; conocía sus avenidas sus puntos mal fortificados, y si salía del Gobierno, era sólo para poder tomarlo desde afuera por asalto, sin restricciones constitucionales, sin trabas ni responsabilidad. Dejaba el bastón, pero se armaba de la espada, para venir con ella más tarde, y dejar uno y otra por el hacha y las varas, antigua insignia de los reyes romanos.


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