Facundo
Facundo Sarmiento no escribió la biografía de Facundo, sino creó{13} su leyenda. Compuso el poema épico de la montonera; y si desde 1845 sirvió este libro como verdad pragmática contra Rosas, y desde 1853 como verdad pragmática contra el desierto, después de 1860, debemos tender a utilizarlo solamente como verdad pragmática en favor de nuestra cultura intelectual, por la emoción profunda de tierra nativa, de tradición popular, de lengua hispanoamericana y de ideal argentino que ese libro traduce en síntesis admirable. Nadie comprendió mejor que Sarmiento, en su vejez, la verdadera limitada condición de esta obra; nadie ha discernido mejor que su propio autor lo que hay en el Facundo de personal y de colectivo, de transitorio y de permanente, de provisional y de esencial. Sarmiento mismo le ha llamado «el génesis de la Pampa»[4], y él mismo dice que nadie ha caracterizado mejor la fisonomía de su libro que el historiador López cuando lo llamó «historia beduína»[5]. «López no se da cuenta del origen de sus impresiones»—agrega—. «El vió escribir el Facundo sin archivo en país extranjero, al tiempo que rendía exámenes de latín escaso en De Bello Jugurthæ, de Salustio, y ya sabemos la indeleble y eterna asociación de las ideas»[6]. Y apoyándose en la recóndita y lejana asociación juvenil que cree ver en el juicio del compañero proscripto de otro tiempo, Sarmiento insiste con orgullo: «Es el Facundo el Jugurta argentino; el libro sin asunto, porque la guerra contra el caudillo númida, escapando en{14} el Sahara a las pesadas legiones romanas, no marca en la historia; es apenas un episodio sin consecuencia. Lo que Roma vió fué un libro, y lo que los estudiantes y los latinistas ven es la figura de Jugurta el númida con su bornoz blanco, en el negro caballo, haciendo razias o fantasías, o algaradas, delante de las legiones. Es Salustio, el pintor del Africa y del desierto»[7]. Y en la reticencia de su orgullo, eso quiere decir: «Es Sarmiento el pintor de la América y de la Pampa», o bien: «lo que han de ver en él los argentinos es sólo «un libro pintoresco»; libro inmortal e imaginario, y no la verdadera historia de un caudillo cuya obra real fué tan efímera, y cuya belleza legendaria sobrevive, precisamente, gracias a estas páginas perdurables.