Facundo
Facundo Panfleto fué en sus orígenes el Facundo: panfleto periodístico, improvisado, banderizo. Es bien sabido que su primera edición apareció en los folletines de El Progreso, en Chile, el año 1845. Había publicado Sarmiento en ese mismo periódico unos Apuntes biográficos sobre Aldao, el fraile caudillo, muerto a principios de aquel año en{12} Mendoza. Como el libro gustase a los emigrados argentinos, lo estimularon éstos, y algunos jóvenes camaradas chilenos, a que escribiese una obra de mayor aliento dentro del género, y así le vino la idea de referir la vida de Juan Facundo Quiroga. Confiesa él mismo que improvisó la redacción, y que durante los meses de mayo y junio fué publicando sus entregas El Progreso, a medida que Sarmiento las escribía. El fondo del relato biográfico lo constituían sus propios recuerdos y el testimonio de la tradición oral, recogida en cartas y conversaciones de los proscriptos más ancianos. Pero no reside en esto la fuerza y originalidad de este libro, sino en la asociación que hizo de la vida del héroe con el ambiente geográfico y con los problemas urgentes de la organización nacional. El medio físico de la pampa sirvióle a su paleta de escritor para el colorido romancesco de la obra, necesario a la índole del folletín y al gusto romántico de su época; en tanto que las guerras civiles del caudillo, protagonista vigoroso de ese medio salvaje, sirviéronle a su pensamiento de político para el imprescindible ataque a Rosas, en que no cejaron, hasta después de Caseros, los poetas y publicistas de la proscripción. Origen tan humilde y azaroso explica todas las calidades y defectos del Facundo; las fallas de justicia y de verdad que han sido ya denunciadas; los aciertos de intuición social y de belleza literaria que constituyen la esencia vital de este libro. Por estos últimos ha sobrevivido a las circunstancias externas que le dieron origen, transmutada ya su primitiva y perecedera fuerza «política» en nueva y durable fuerza «espiritual». Lo que estuvo en el plano de la «historia» ha pasado ya, gracias al genio de su autor, el plano más excelso de la «epopeya».