La vida de Dominguito

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Como no era para imaginarse en país que acababa de darse y de jurar una Constitución, la posibilidad siquiera de tales extremos, sirvió de pie forzado la noticia, para continuar de sobremesa, no obstante que aseguraba la señora saberlo de doña Juana Porven, á quien se lo mandaba decir el Edecán de Gobierno, encargado de la prisión, quien le había prevenido por hallarse enferma, que no se alarmase si oía tiros.

Insistía doña Paula por que me trasladase inmediatamente á su casa y seguía dándosele bromas por su credulidad, cuando señalando á una ventana, añadió con voz lamentable y rostro compadecido:

—Ahí los tiene Vd. —ríase ahora.

Pasaban, en efecto, soldados con los fusiles bajos y á poco cerraron el claro de la puerta con una reja de bayonetas cruzadas. Avanzóse un Capitán, y con voz conmovida, esforzándose en hacerla terrorífica, apostrofó al huésped, diciéndole:

—Está Vd. preso.

—En buena hora. ¿Trae Vd. orden por escrito?

—No necesito; soy el Edecán de Gobierno.

—Es para precaver contra esas órdenes que se puso el resguardo de que la orden debe venir de un Juez.

—Yo sé, señor, mi deber.

—Muy bien; permítame ponerme una levita.


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