El arte de sobrevivir

El arte de sobrevivir

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Conforme uno se hace mayor, vive con menos conciencia de las cosas. Todo pasa velozmente, sin dejar impresión alguna; como ninguna deja la obra de arte que hemos contemplado mil veces: uno hace lo que tiene que hacer y después no sabe si lo ha hecho. En la medida en que la vida se vuelve, pues, cada vez más inconsciente, en que se va acercando a la total inconsciencia, su paso se va haciendo precisamente cada vez más rápido. […] Las horas del muchacho duran más que los días del anciano. Por tanto, el tiempo de nuestra vida se halla en un movimiento acelerado, como el de una bola que rueda pendiente abajo; e igual que en un disco que gira cada punto se mueve más rápido cuanto más dista del centro, de la misma manera transcurre el tiempo cada vez más veloz para cada uno en función de la distancia que lo separe de sus primeros años. […] El tiempo nos parecerá siempre demasiado corto y los días pasan veloces como flechas. Entiéndase que hablo de seres humanos, no de ganado envejecido. Debido a esta aceleración del paso del tiempo, en los años tardíos el aburrimiento por lo general acaba desapareciendo; y como a su vez también enmudecen las pasiones con las inquietudes que les son propias, si uno ha conservado la salud, considerándolo todo, el peso de la existencia ciertamente se hace menor que en la juventud: de ahí que se denomine «los mejores años» a la época que precede a la aparición de las debilidades y las dolencias que acompañan a una vejez mayor. Con respecto a nuestro bienestar, bien podría ser realmente así: en cambio, los años de juventud —durante los cuales todo nos causa impresión y cualquier cosa deja su huella vivamente en nuestra conciencia— tienen el privilegio de ser la época de inspiración fructífera para el espíritu, su primavera portadora de flores. […]


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