El arte de sobrevivir
El arte de sobrevivir Uno puede incluso intentar atribuir la culpa de su desdicha individual ya a las circunstancias, ya a otras personas, ya a su propio infortunio o también a su impericia, y asimismo reconocer cómo todas estas cosas han contribuido a ella. Sin embargo, nada de esto cambia un ápice el hecho de que se haya fallado en la consecución de la meta real de la existencia, que consistiría en ser feliz; razón por la cual las reflexiones que se hacen al respecto, sobre todo cuando ya se apura el paso de la vida, a menudo sean muy tristes; de ahí que casi todos los rostros cargados de años reflejen esa expresión que los ingleses llaman disappointment [decepción]. A eso se suma que hasta entonces cada día de nuestra vida ya nos ha enseñado que las alegrías y los placeres, incluso cuando se consiguen, son engañosos en sí mismos, no dan aquello que prometen, no apaciguan el corazón y, por último, que su posesión se ve amargada por las incomodidades que los acompañan o que de ellos se derivan, mientras que, en cambio, los dolores y las penas se muestran bastante reales y superan muy a menudo todas las expectativas. Y así, ciertamente, todo en la vida contribuye a apartarnos del error originario y convencernos de que la meta de nuestra existencia no es ser feliz. Es más, al examinar la cuestión más exacta e imparcialmente, la vida aparece propiamente encaminada a que no nos sintamos felices en ella, en cuanto, por toda su naturaleza, porta el carácter de algo que nos ha de disgustar, algo de lo que se nos quitan las ganas y a lo que hemos de volver la espalda como a un error para que nuestro corazón se cure del afán de saborear el placer, es más, del afán de vivir, y se aparte del mundo. En este sentido, sería más correcto fundamentar la meta de nuestra vida en nuestro dolor y no en nuestro bienestar.[110]